reuniones familiares y “los chicos de ahora”

Sentarte en una reunión familiar y escuchar tan solo unos minutos a tus familiares adultos puede ser uno de los motivos que te hacen querer enfrentarte a todos esos posicionamientos retrógradas que usualmente tienen (y, de más está decir, no quieren ni siquiera contemplar la posibilidad de modificar) o buscar la salida más simple y meter la mente en el celular para no insultar a cada uno de los que está en esa mesa. Minutos después se quejan porque los adolescentes “están todo el día con el celular”.

Pasan solo minutos desde que entré a la red social preferida por los adultos y ya encontré una publicación desprestigiando a “los chicos de ahora” porque lo único que hacemos es estar con el celular, con la tablet, con la computadora. Parece que tampoco estamos a salvo de prejuicios en internet; nadie lo está realmente. Vuelvo a leer la publicación. Algunos dicen que no somos tan inteligentes como ellos lo eran a nuestra edad, otros dicen que  deberíamos encontrar la presencia de nuestros amigos más amena que la ausencia que se produce al hablar “por el chat”. Es claro que ven el uso de la tecnología como algo estrictamente malo.

No puedo negar que hay adolescentes que usan la tecnología exclusivamente para jugar a algún juego online o hablar con sus amigos pero son más los que la usamos además para aprender y entender muchas de las cosas que pasan a nivel mundial y muchas de las cosas que nos pasan a nosotros mismos. ¿Por qué será que los adultos están tan negados a la tecnología? Quizás es que todavía no le encontraron la correcta utilización.

Claramente no nací en la abrumadora cantidad de tecnología que hay ahora pero agradezco haberla tenido en mi adolescencia porque sino ¿quién me hubiera enseñado sobre derechos ya sean propios o de los demás? ¿quién me hubiera mostrado lo que realmente me apasiona? Es eso: estar expuesto a la tecnología, a mi parecer, tiene muchas más ventajas que desventajas.

Otro rato pasa y siguen hablando. Una voz dice “a los chicos de ahora no les interesa nada. Mi hijo no estudia, nunca quiere ir a la escuela. Prácticamente lo tengo que obligar” y me resulta irónico que lo diga sabiendo que quienes configuran el sistema educativo actual son plenamente adultos tratando de lidiar con una realidad a la que son ajenos, una realidad que no entienden del todo y tampoco quieren entender. Y también entiendo que sea más fácil echarle la culpa a los chicos e ignorar que alguna vez ellos también lo fueron.

Y ahí es cuando pienso “quizás si los maestros se apasionaran por lo que enseñan los chicos estarían más interesados” porque es lo que me pasó a mí. Cuando alguien te habla de lo que realmente le gusta, su manera de enseñar cambia y te interesa aunque sea un poco más (sí, incluso si es física cuántica y vos siempre fuiste de las letras). Un adulto desmotivado crea chicos desmotivados, es así de simple.

“El problema son “las nuevas generaciones” y queda fuera del análisis la cultura visual en la que vivimos, producida sobre todo por adultos, y en la que también hemos sido formados”

dijo hace ya un par de años Dussel, una adulta, a quien quizás le llevarían más el apunte por haber nacido un par de décadas antes que yo. Es claro que quienes no creen a los jóvenes inteligentes no reconocen la historicidad de esa problemática, centrando el problema es los demás y no en ellos mismos.

Me doy cuenta que sigo en la reunión familiar. A veces me gusta olvidarme, a veces me gusta discutir solo para que se enreden en sus propias palabras y, además, escuchar el mal uso de la gramática de quienes consideran ser mejores que yo. No creo tampoco ser mejor que ellos pero claramente no puedo aceptar que me tiren abajo.

Y, entre tantas cosas, pienso en todo lo que alguna vez saqué de internet, ya sean tutoriales de como arreglar un electrodoméstico hasta haber aprendido un idioma por mi cuenta. No se si seré más inteligente que ellos en lo que corresponde a materias clásicas sobre la matemática y la geografía pero claramente lo soy en otros aspectos.

Internet me mostró que no somos los únicos que tienen problemas, que hay lugares en los que las bombas caen todos los días y los dejan sin casas, que hay múltiples religiones y que todas tienen que ser respetadas por igual a pesar de no compartir las creencias, que uno nunca sabe lo suficiente sobre un tema pero que siempre puede mejorar, que hay múltiples orientaciones sexuales y que ninguna es mejor o peor que otra, que tenemos tan impregnada la heteronormatividad y el patriarcado que cuesta muchísimo sacarse los prejuicios de encima (yo todavía estoy trabajando en eso), que el otro vale lo mismo que yo y no hay motivo por el que eso pueda cambiar.

Y sí, quizás los adultos estén menos tiempo con el celular, charlen más con sus amigos, sepan “más” y hayan tenido más ganas de ir a la escuela a nuestra edad. Y sí, quizás ignoren que en esa pantalla podemos estar simplemente jugando algún “jueguito” pero también podemos estar hablando con esa amiga que está a miles de kilómetros de casa y que no vemos hace meses, o leyendo sobre qué está pasando del otro lado del mundo porque algún país decidió invadir algún otro, o aprendiendo como hablar noruego, o entendiendo que todo lo que están diciendo en esa mesa familiar es producto de prejuicios propios de una sociedad que no tuvo nadie que le dijera que lo que opinaban no era correcto, sino todo lo contrario.

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